Lectura de “Las modalidades enunciativas” de Michel Foucault y “Critica y verdad” de Barthes, Roland, medios cruzados.
“El lenguaje no es el predicado de un sujeto, inexpresable, o que aquel serviría para expresar: es el sujeto” Roland Barthes, Crítica y Verdad.
La concepción de sujeto en Barthes niega el sujeto dueño de si mismo, autoconciente, y como conciencia productora. En la línea de Nietzsche, el hombre, los sujetos, no pueden ser productores de si mismos, voluntades en las que reside el poder de definición de si mismos y de las cosas. La perspectiva foucaultiana lo que nos permite pensar es los modos en los que dichos sujetos son dichos, no por si mismos, sino en y por el Discurso.
Este desplazamiento es el que habilita las preguntas de M. Foucault en Las modalidades enunciativas: siguiéndolo, no nos preguntamos por el sujeto que habla sino por su lugar en las relaciones establecidas mediante la enunciación en determinada situación enunciativa y dicho proceso producido en determinado régimen discursivo que supone reglas de funcionamiento, de relaciones y señala lógicas productivas. En este marco: “¿Cuál es el estatuto de los individuos que tienen – y sólo ellos – el derecho reglamentario o tradicional, jurídicamente definido o espontáneamente aceptado de pronunciar semejante discurso?”
El sujeto no es causa y origen del enunciado, mucho menos del discurso, sino que está inscripto en un sistema de reglas, de relaciones y diferenciaciones donde determinados enunciados son posibles de ser dichos, bajo determinados modos, y otros no. En El orden del Discurso, Foucault señala estos enunciados que son leídos como verdaderos en determinado orden o formación discursiva como estando “en la verdad”.
La formación discursiva define un estatuto dentro del cual un sujeto (en el caso del texto de Foucault, el médico) tiene una articulación con otros enunciados y sus modos de relación con el otro: “La palabra médica no puede proceder de cualquiera; su valor, su eficacia, sus mismos poderes terapéuticos, y de una manera general su existencia como palabra médica, no son disociables del personaje estatutariamente definido que tiene el derecho de articularla, reivindicando para ella el poder de conjurar el dolor y la muerte.” Pero tal posición del sujeto no está en relación a su voluntad, ni a un referente previo de carácter sustantivo, sino en relación a determinado régimen que instituye esa posición, su estatuto, y los ámbitos institucionales en los que se desarrolla.
Los sujetos, entonces, se relacionan con estas tres matrices. Por un lado, el Estatuto: el sujeto está en determinado orden discursivo, y tiene un lugar en ese orden que define su estatuto, su lugar en la clasificación -que no es más que una “violencia sobre las cosas” – la puesta en espacio del sujeto, la designación de su lugar a ocupar. En ese movimiento se define un dispositivo de poder, no como pura negatividad que reprime sino que en esa clasificación se produce el sujeto como tal, se define su identidad y por tanto su posibilidad de ser. La clasificación debe ser considerada como dispositivo de poder y como posicionamiento positivo del sujeto en el mundo. En segundo lugar los Ámbitos institucionales: de donde el sujeto saca su discurso, y donde éste encuentra su origen legítimo y su punto de aplicación, ámbito en el que determinadas enunciaciones son posibles de ser afirmadas como verdades. Finalmente, Posiciones del sujeto: los sujetos se definen igualmente por la situación que le es posible ocupar en cuanto a los diversos dominios o grupos de objetos: es sujeto interrogante de acuerdo con cierto patrón de interrogaciones explícitas o no, y oyente según cierto programa de información.
Para que el sujeto sea él en determinado discurso: “el médico es interrogador soberano y directo, ojo que mira, dedo que toca, órgano de desciframiento de los signos (…) es porque todo un haz de relaciones se encuentran en juego.” (negrita nuestra).
El lugar del sujeto en el discurso en el que es realizado está dado por un haz de relaciones puestas en juego en tal formación discursiva. Las modalidades de enunciación se renuevan en ese juego de relaciones. Este hacer actuar de manera constante ese haz de relaciones supone la repetición, los modos en que los elementos se relacionan unos con otros y las posiciones de sujeto supuestas en tales relaciones deben ser constantemente repetidas, constantemente revisadas y re-hechas, tal repetición es lo que en Butler inaugura la posibilidad de modificación de los regimenes implementados en determinada formación discursiva. Es porque el orden no se produce de una vez y para siempre, sino que se produce en actos, prácticas enunciativas en las que se hace actuar las posiciones de sujeto y sus relaciones entre si y con los objetos, que se corre el riesgo de que tales posiciones y modos de relación sean modificadas. El orden discursivo no sólo delimita las relaciones posibles sino que las sostiene en la repetición: “yo”, “yo”, “yo”, “yo soy hombre”, “yo soy mujer”, pero no sólo de modo individual, sino como proceso social, donde la presencia del otro es necesaria para la realización del orden del Otro: “Hola Roberto”, “que lindo el nene”. Instauran un sujeto posible, afirman mi identidad, me sujetan y me posibilitan tener una identidad y la constancia de ese haz de relaciones que se supone en el enunciado es condición fundamental de la unidad del yo, de una identidad.
De esta manera podemos pensar la materialidad del discurso, o el discurso como práctica. Es práctica en tanto “hace actuar” un haz de relaciones que bajo determinado orden discursivo son posibles y no bajo otro, son habilitadas, tienen “valor de verdad” en esa trama compleja de relaciones enunciativas.
Una cita larga para esclarecedora sobre qué entiende por sujeto Foucault nos puede ayudar a pensar las relaciones con la cita de Barthes:
“En el análisis propuesto, las diversas modalidades de enunciación, en lugar de remitir a la síntesis o a la función unificadora de un sujeto, manifiestan su dispersión. A los diversos estatutos, a los diversos ámbitos, a las diversas posiciones que puede ocupar o recibir cuando pronuncia un discurso. A la discontinuidad de los planos desde los que habla. Y si esos planos están unidos por un sistema de relaciones, éste no se halla establecido por la actividad sintética de una conciencia idéntica a sí misma, muda y previa a toda palabra, sino por la especificidad de una práctica discursiva. Se renunciara, pues, a ver en el discurso un fenómeno de expresión, la traducción verbal de una síntesis efectuada por otra parte; se buscará en él más bien un campo de regularidades para diversas posiciones de subjetividad. El discurso, concebido así, no es la manifestación, majestuosamente desarrollada, de un sujeto que piensa, que conoce y que lo dice: es, por el contrario, un conjunto donde pueden determinarse la dispersión del sujeto y su discontinuidad consigo mismo.” (negrita nuestra) Y más adelante: “No es ni por el recurso a un sujeto trascendental, ni por el recurso a una subjetividad psicológica como hay que definir el régimen de sus enunciaciones.”
Es precisamente esto lo que venimos tratando de destacar. El sujeto es en dispersión y por eso mismo debe ser sujetado, existe sobre él un constante intento de sutura. A partir de estas consideraciones volvamos a Barthes. El autor se pregunta por la definición de la “subjetividad del crítico”, en términos de Foucault tal pregunta sería la búsqueda por las posiciones de sujeto que tal actor tiene en el discurso crítico, por el estatuto ocupa en él, sobre aquello que implica dicho estatuto, en qué ámbitos institucionales despliega tal subjetividad y qué relaciones existen entre todos estos elementos. Como Foucault, Barthes niega que la relación del sujeto con el lenguaje sea la de un plano del contenido con un plano de la expresión. De allí “que toda escritura que no miente designa, no los atributos interiores del sujeto, sino su ausencia.” Este vacío, esta falta (con Lacan) es una falta estructurante. Del orden de lo Real, la falta insimbolizable, violenta, produce el intento de simbolización del cual se deriva aquello que el sujeto es para él, en determinado ámbito discursivo en el que se inscribe. Con Lacan como eje a partir del cual articular las conceptualizaciones (Foucault y Barthes) sobre el sujeto podemos afirmar que aquello a lo que Barthes se refiere como inexpresable es del orden de lo Real, insimbolizable, y es por tanto en el intento de llenar esa falta que el lenguaje aparece como lugar de constitución del sujeto. En el lenguaje el sujeto no será entonces un objeto exterior expresado sino parte constituida en y por el lenguaje. En este punto Foucault puede ser introducido, tales conformaciones de subjetividades están dadas por el Discurso como instancia en la que se articulan relaciones enunciativas que definen un estatus, un ámbito institucional y unas posiciones de sujeto.
Es aquello que intenta sanear tal falta lo que efectivamente produce la subjetividad. “Lo que arrastra consigo el símbolo es la necesidad de designar incansablemente la nada del yo que soy.” El sujeto cartesiano, el sujeto como origen, como voluntad y causa eficiente del sentido es reemplazado por el vacío, la falta. O mejor, es reemplazado por el intento de llenar esa falta.
En esta trama de los enunciados es donde los procedimientos de control y delimitación del discurso operan en juego con la multiplicidad del enunciado, su constante movimiento, su diversidad es puesta en orden, clasificada, en un intento de cierre jamás logrado totalmente. El sujeto, la subjetividad – mejor –, es efecto de sentido de este proceso. En tal proceso, el sujeto no puede ser sino predicado y nunca productor de predicado. Su identidad es producida en el lenguaje, la unidad del yo es producida y sometida a un régimen que lo atraviesa, lo sujeta, y el mismo tiempo le permite ser bajo esa sujeción – identidad.