Ley de donante presunto: sobre la performatividad del lenguaje y las articulaciones significantes en torno de la vida, el cuerpo y la voluntad sobre ellos.
Mark Ryden – Colección Meet Show Mark Ryden web
Resumen
¿Qué es “lo vivo”?, ¿un individuo?, ¿un tejido?, ¿Cuántas células conforman la “vivacidad”?
A partir de estos interrogantes, nos proponemos analizar cómo se configuran las prácticas significantes en torno a establecer nuevos límites a los regimenes discursivos con respecto a la vida, el cuerpo y la “voluntad” sobre ellos.
Anclaremos específicamente en los discursos y creencias que circularon a partir de la sanción de la ley 26.066/05, por la cual se establece la condición positiva de donante de órganos para todos los ciudadanos argentinos – a menos que declaren lo contrario-.
Para su análisis consideraremos tales discursos performativamente, en tanto constituyen e instituyen cierto régimen que habilita o inhabilita la intervención estatal sobre el cuerpo de los sujetos, definidos en el documento de identidad como argentinos.
Es de este modo que, valiéndonos de conceptos y categorías tanto lingüísticas, como psicológicas y comunicacionales, no solamente analizaremos los desplazamientos en relación al sentido de la problemática de la donación de órganos, sino también qué tipo de sujetos implica esta nueva articulación de prácticas sociales.
———————————
Introducción
El 6 de abril de 2005 entraron en vigencia los cambios a la Ley de Trasplante de Órganos y Tejidos 24.193, mediante la Ley 26.066, que contempla el consentimiento presunto para las donaciones de órganos. A partir de la sanción de esta ley todos los ciudadanos argentinos son donantes de órganos salvo que expresen su voluntad contraria.
Nuestro corpus estará constituido por la desgrabación de las intervenciones en el Congreso Nacional para la sanción de esta ley. Pero no se trata de establecer qué es lo que la ley genera, acciona, sobre los modos en los que una sociedad se define a si misma y a los sujetos que la conforman. Pues no es nuestra postura teórica suponer que un instrumento legislativo es el que define las enunciaciones con valor de verdad (Foucault, 1970) en torno al cuerpo, la vida y la muerte. Sino que de lo que se trata es del análisis de los enunciados que se formulan en torno a la sanción de la ley donde se prescribe un campo de emergencia o referencialidad –que no es lo mismo que referente- (Foucault, 1969), un régimen discursivo que delimita las enunciaciones que habilitaran o no la intervención sobre los cuerpos, de qué manera y operada por quién. En este campo de emergencia es que la ley se inscribe, pero más importante aún: donde las enunciaciones en torno de la sanción de la ley se inscriben con valor de verdad.
En este sentido, analizaremos las formaciones discursivas presentes en estas enunciaciones, rastrearemos los modos de funcionamiento del enunciado en ellas y estableceremos cual es la diagonal movil, el principio que organiza transversalmente todas las formaciones discursivas que, por nuestro análisis, identificamos en las superficies textuales.
El tratamiento de la ley en el Congreso y las enunciaciones en torno de ello en el espacio público nos abren la posibilidad de realizar un análisis que permita reflexionar en torno de los regimenes que instituyen “la vida misma”. Una serie de enunciaciones conforman una formación discursiva que define qué es “vivo” y cuales son las lógicas discursivas que se le aplican (prolongar la vida, apostar a la vida, etc.).
No pretendemos quedarnos en el nivel retórico, nos abocarnos a analizar los modos en los que las significaciones (como todas ellas sociales) juegan un papel central en la constitución de subjetividades y cómo en esta constitución de sujetos son relaciones de poder las que están en juego. La pugna en las significaciones por definir qué es lo que califica como vivo es el punto crucial del cual partimos.
———————————
Marco teórico
Para comenzar a esbozar los lineamientos teóricos en los cuáles nos basaremos para plantear el análisis y discusión de las redes de significación social en las cuáles se insertan las intervenciones enunciativas de Diputados y Senadores, retomaremos aquellas teorías que posibiliten asir la realidad social a través de los distintos procesos de simbolización.
Siguiendo los postulados conceptuales de Michel Foucault en “El orden del Discurso” (Michel Foucault; 1960) y en “Arqueología del saber” (Michel Foucault; 1969), retomaremos la noción de formación discursiva considerada como la regularidad en la dispersión. Es en este sentido que las intervenciones enunciativas pueden ser agrupadas, nunca en una totalidad cerrada, sino bajo determinadas condiciones complejas de producción discursivas en dispersión, que pueden ser leídas como regularidades.
Es así que el Discurso es considerado entonces como estructurante de un sistema de exclusión, prescribe ciertos modos de funcionamiento y enunciados que funcionan como verdaderos que determinan el régimen de verdad instituido. Este estar en la verdad del discurso político habilita la posibilidad de intervención en el espacio público, estableciendo lo que socialmente circula como verdadero con respecto a la donación de órganos; y permite estar amparado por el poder institucionalizado del Congreso Nacional.
De esta forma, nos distanciamos de las posturas por las cuales se podrían analizar las relaciones sociales en tanto tales, ya que las relaciones con las relaciones sociales, valga la redundancia, están circunscriptas a los procesos de significación que realizan los sujetos para relacionarse con “la realidad”. Así se desprende que nuestro análisis no podría basarse en las relaciones sociales “objetivas” sino en cómo los sujetos estructuran su hacer a través de la inserción en diferentes formaciones discursivas; y no solamente su “hacer” sino su “ser”.
Es decir, los sujetos entienden su realidad social y actos a través de, y en primer término, su inserción en la red significante, en las formaciones discursivas. Este mecanismo estructurante tanto de lo que se considera realidad como de la constitución del sujeto mismo, será sostenido por medio de “creencias”, en palabras de S. Zizek. Con creencias, nos referimos precisamente al elemento material de la adscripción en las formaciones discursivas, es decir, a los significantes en los cuáles se apoyarán determinadas representaciones, que a su vez se expresarán en otros significantes que soportarán nuevas representaciones, y así, ad infinitum.
Entonces, “(…) la creencia, lejos de ser un estado ‘intimo’, puramente mental, se materializa siempre en nuestra actividad social efectiva: la creencia sostiene la fantasía que regula la realidad social.” (Zizek; 1992) La creencia será entonces la materialidad de las formaciones ideológicas, de aquello que Zizek llama fantasía ideológica. A partir de ella, de los significantes presentes en la superficie textual, partirá el rastreo que nos permitirá acercarnos a los modos en que determinadas fantasías ideológicas funcionan en la arena pública, de qué modo se estructuran y qué prácticas suponen. En palabras de Zizek “(…) el enfoque analítico apunta sobre todo a la fantasía ideológica eficiente en la propia realidad social” (Zizek; 1992).
Las preguntas que esto habilita son por los modos en que tal fantasía ideológica resulta eficiente, tomada por verdadera. Y a partir de la cual los actores sociales considerados en el análisis performan con su decir, en tanto tal performatividad los constituye como sujetos y define un otro.
Al plantear que “La realidad nunca es ‘ella misma’, se presenta sólo a través de su simbolización incompleta/fracasada, y las apariciones espectrales emergen en esta misma brecha que separa para siempre la realidad de lo Real, y a causa de la cuál la realidad tiene el carácter de una ficción (simbólica): el espectro le da cuerpo a lo que escapa de la realidad (simbólicamente estructurada)” , afirmamos que la constitución misma de nuestra realidad social supone una represión primordial de lo Real, como núcleo traumático no simbolizable.
Lo Real, el orden de lo Real en términos lacanianos, no se observa, por lo tanto, en la realidad positiva ya que no tiene consistencia efectiva, es la positivización de un vacío.
Este núcleo traumático que nos constituye, podremos analizarlo a través de la discontinuidad del sentido, mejor dicho, a través de la discontinuidad abierta en la realidad por el surgimiento del significante.
Será a través de esta “incompletitud constitutiva” (la imposibilidad de simbolización de lo Real) que se estructurará el sujeto en torno a una falta. Es a raíz de esta falta constitutiva que podremos plantear que cada proceso de simbolización (tanto del yo, como de cualquier otro objeto) implica un discurrir continuo del significante en busca de la fijación parcial del sentido. Esta búsqueda de la fijación implica lógicas hegemónicas por las cuáles distintas cadenas discursivas – en o no, formaciones ideológicas diferentes- intentarán establecer el cierre del sentido en torno a la constitución del objeto en pugna; elevando las caracterizaciones y concepciones asignadas particularmente al carácter de universales. “Los actores sociales ocupan posiciones diferenciales en el interior de aquellos discursos que constituyen el tejido social, en tal sentido ellas son, estrictamente hablando, particularidades. Un conjunto de particularidades establece entre sí relaciones de equivalencia. Resulta necesario, sin embargo, expresar la totalidad de esta cadena (…) Esta relación, por la que una cierta particularidad asume la representación de la universalidad enteramente inconmensurable con la particularidad en cuestión, es lo que llamaremos una relación hegemónica”
Ahora bien, si planteamos anteriormente que nos constituimos discursivamente, es decir a través de los sistemas simbólicos como matriz de inteligibilidad de nuestra realidad, será a través de retomar a los significantes como vacíos, como dotados de una imposibilidad estructural de fijar totalmente su sentido en el campo de la significación, lo dará lugar a una “flotación” del significado que posibilitará tanto las pugnas por detener el deslizamiento del sentido en el significante, como las distintas posiciones diferenciales en las cadenas discursivas equivalenciales. Es en este sentido del intento constante de la representación, o si se quiere expresión, de la totalidad ausente, que nos valdremos del concepto lacaniano de point de capiton , como el significante “nodal”, o privilegiado que fija parcialmente el sentido de la cadena significante.
De esta forma, nos separamos de las consideraciones descriptivistas por las cuáles la nominación de un objeto se constituye a partir de la descripción de sus rasgos característicos en un mundo “real”; adhiriendo a la hipótesis por la cuál la identidad de un objeto se sustenta en el significante; en el intento de suturar la falta estructurante de cada objeto, fijando parcialmente el sentido. “Lo que garantiza la identidad de un objeto en todas las situaciones en la que la realidad la contradice, es decir, a través de un cambio en todos sus rasgos descriptivos, es el efecto retroactivo del nombre. Es el nombre, el significante, el que soporta la identidad del objeto”.
En Michel Foucault, podemos pensar estos intentos por fijar el sentido en relación a la noción de Enunciado (1969) u Orden Discursivo (1970), en ellos se inscriben los enunciados: “Los esquemas de utilización, las reglas de empleo, las constelaciones en que pueden desempeñar un papel, sus virtualidades estratégicas, constituyen para los enunciados un campo de estabilización que permite, a pesar de todas las diferencias de enunciación, repetirlos en su identidad (…)” Precisamente esa es la disputa, que trasciende la frase, que trasciende la enunciación, en la repetición de enunciados, en la fijación de un sentido sostenido en el tiempo; subvertir la estabilización de un orden enunciativo será entonces una disputa política.
———————————
Racionalidad técnica
En primer término, y como condición de posibilidad de los discursos en torno a la donación de órganos, destacamos como fundamental la inscripción de estas intervenciones enunciativas en las formaciones discursivas en torno a una racionalidad técnica.
Con el advenimiento moderno de las máquinas y un cambio en las significaciones circulantes con respecto a lo técnico, se instauraron en la Modernidad concepciones disímiles de tiempo y espacio en relación a las del Medio Evo. En consecuencia, la concepción y construcción nominativa del cuerpo ha variado en las distintas épocas en relación, entre otras cosas, a la técnica.
Las matrices culturales modernas implican una concepción de tecnología y de cuerpo que son las que permiten, en nuestro caso, la posibilidad de sancionar esta ley de “donación presunta”.
Con matrices culturales modernas nos referimos en primer término a un abandono del “animismo”. Es en este sentido que la naturaleza toda, en ella los cuerpos, pasan a ser elementos a ser abordados. Mediante el traspaso de la magia a lo que actualmente llamamos ciencia, se establecen órdenes en torno al conocimiento, su abordaje y metodología. Se instauran las significaciones culturales por las cuales mediante el pensamiento abstracto se llega a una sistematización de la naturaleza. El tiempo y espacio no escapan a esta sistematización abstracta y es en relación a esta concepción que se permite la cuantificación del tiempo y la ubicación en el espacio de cuerpos individuales. Ya no una historia cíclica, sino un tiempo progresivo, lineal, medible y un espacio demarcable.
A partir de esta aprehensión de las categorías nombradas anteriormente, es que se puede plantear en la modernidad una concepción de “dominación del entorno”. El hombre a través de la técnica es plausible de controlar la naturaleza y su propio cuerpo. Lo que antes, como natural era sacro, se convierte en individual e intervenible.
Pensamos la legislación no como un avance del Estado sobre los cuerpos individuales sino más bien como una manifestación institucional legislativa de una creencia. Como señalábamos en nuestro Marco Teórico, siguiendo a Zizek: “la creencia, lejos de ser un estado ‘intimo’, puramente mental, se materializa siempre en nuestra actividad social efectiva: la creencia sostiene la fantasía que regula la realidad social.” (Zizek; 1992) (Resaltado nuestro).
Nuestro trabajo, haciendo un análisis genealógico de los modos en los que se piensa, concibe y vive el cuerpo, pretende rastrear los modos en que determinadas fantasías ideológicas funcionan en el espacio publico, de qué manera se estructuran y qué prácticas suponen.
Decíamos en el apartado anterior que la racionalidad técnica produce un quiebre sobre los modos de percepción del tiempo y el espacio, de tal forma que suponen la refundación de la corporidad humana. Como podemos leer en Bajtin (1998 ) el cuerpo popular de la Edad Media es un cuerpo social, donde la relación con el cosmos es parte fundamental de la vida. A partir de esto es que los orificios del cuerpo no son –como en la modernidad- lugar a ocultar, negar, pura negatividad, sino el lugar de conexión con el cuerpo social. Beber, comer, cagar, coger son prácticas positivas del carnaval medieval.
La trasmisión de este modo de pensar el propio cuerpo está íntimamente relacionado con la Reforma Protestante. El hombre a imagen y semejanza de Dios toma a partir de la Reforma Protestante un nuevo modo de pensar aquello que el hombre es. La realización de la profesión es la realización de lo que Dios dispuso sobre los individuos, la vida ascética será el camino para dicha realización. El cuerpo es el cuerpo disciplinado por los ritmos del trabajo.
El régimen discursivo en el que se inscribe la ley de donante presunto no podría haber sido jamás ninguno de estos dos. El cuerpo sobre el que se puede intervenir en la modernidad es un cuerpo individual, propiedad privada de la voluntad del yo que lo posee. No ya de Dios, no ya un cuerpo popular en conexión con el cosmos, sino un cuerpo, ahora humano, bajo el dominio del hombre (donde el hombre es Su voluntad). La voluntad sobre “si mismo” que opera sobre la unidad del yo constituida por el orden del Otro.
Esta concepción de cuerpo, este pensarlo individual, separado, propio de un YO unificado, asimilado a una voluntad que lo limita –disciplina-, resulta fundamental para pensar la ley de donante presunto. Esta “sociedad instituyente” que establece regímenes sobre la corporeidad aparece a tras luz como condición de posibilidad de la sanción de la norma.
———————————
La ilusión sustancial
El yo, la identidad, el cuerpo, se constituye como sedimentación a través de la performatividad, de una serie de actos, prácticas significantes. La teórica feminista Judith Butler piensa estas cuestiones en relación a la constitución de género. Podemos realizar una transposición de sus afirmaciones para pensar la corporidad en términos generales: “como el género no es un hecho, los diversos actos de género crean la idea de género, y sin esos actos, no habría género en absoluto. El género es, pues, una construcción que regularmente oculta su génesis.”
Radicalizando el planteo, podríamos decir que el cuerpo, la vida y la muerte son construidas como el género. Tal construcción, como venimos afirmando, debe ser realizada en actos y la posibilidad de que determinados significados fijen su sentido en torno a estos significantes depende de la inscripción en el tiempo de actos (enunciativos, preformativos): “el cuerpo adquiere su género en una serie de actos que son renovados, revisados y consolidados en el tiempo.” Estas fijaciones de sentido se constituyen en actos que requieren de actores individuales para ser actualizados, los actos como enunciaciones son puestas en acto de un conjunto de posibilidades, conjunto de modos de ser: un tipo de corporidad, una identidad estilizada que por sedimentación busca suspender la temporalidad, que no es nunca suspendida sino en una ilusión de sustancia que debe ser constantemente renovada en actos particulares. Esta ilusión de sustancia es el yo unificado que opera sobre sí como una voluntad, y constituye la creencia que articula la fantasía que regula la realidad social.
Por ejemplo:
“El eje central es el respeto a la voluntad de la persona que está en condiciones de donar (…) Esta propuesta legislativa lleva hasta donde es posible la decisión de una persona que no había declarado si era donante o no”
“Nosotros, como personas que somos, tenemos que considerar que así como somos donantes potenciales, también podemos ser receptores potenciales”
Estas enunciaciones funcionan de este modo, instituyendo un tipo de corporidad intervenible, definiendo una voluntad que trasciende lo que se define como vida para operar sobre el cadáver, que pasa a tener valor vida por constituir un conjunto de órganos usados que entraran a un mercado del biológico usado con un gran desfasaje entre oferta y demanda (a favor de esta). Aquello que constituye una “persona” es lo naturalizado, es la fantasía, la ilusión de sustancia, como condición de posibilidad de la intervención de la institución médica sobre el cuerpo. Es porque estas enunciados circulan con valor de verdad en determinados regimenes discursivos que el estatuto dado al sujeto en la modernidad (hombre con voluntad) obtiene su lugar en ese Discurso. Es precisamente este el que define una posición de sujeto que define aquello que es persona. Es decir: en este orden discursivo ser persona es adherir a la moral que indica que donar órganos es bueno, ya que prolongar la vida es bueno (y toda técnica que permita realizar esto debe ser desarrollada, aceptada y usada), que ya la vida es buena.
Decíamos que tales actos son particulares, las prácticas son prácticas efectivamente puestas en juego por un sujeto. Sin embargo, tales acciones son colectivas, se producen como actos de significación (lo actuado son significaciones) y en tanto tales no pueden ser más que sociales.
Venimos pensando que regimenes permiten formular la norma dentro de su campo de emergencia, hasta aquí los hemos pensado en torno a la racionalidad técnica y en torno al cuerpo individual perteneciente a un yo unificado.
Una tercera instancia –condición de posibilidad- que la ley supone es lo que esta sociedad instituye como lo bueno. Un tipo de cuerpo y un tipo de moralidad subyacen. El cuerpo vivo es intervenible (cirugías, extracción de sangre, etc.), el cuerpo muerto también lo es. Pero si una cirugía estética supone un cuerpo pasible de ser intervenido supone además un ideal de belleza a alcanzar, un fin último, inalcanzable, que se va corriendo a medida que lo buscamos. La intervención sobre el cuerpo muerto supone también la bondad de perseguir la vida eterna, la extensión de la vida por todos los medios (el hombre dueño de si mismo), como fin último no sólo deseable – política, social y culturalmente- sino también económicamente, de la mano del desarrollo tecnológico, que claro, como tal, es bueno en sí mismo.
Veamos algunas enunciaciones en las que se puede rastrear este modo de concebir lo bueno en torno al cuerpo y su condición de vivo o muerto:
“Ojalá que se sigan efectuando descubrimientos e innovaciones para prolongar la vida”
“llevar más vida a la vida. Hablamos de cómo apostar a la vida: en ese otro extremo de la vida que es la muerte, cómo ser capaces de permitir que haya órganos que vivan, y a pesar de la muerte, se apueste a la vida”
“lo importante a destacar de este proyecto es el aspecto humanitario, el poder disponer de los órganos tan necesarios para seguir dando vida después de la muerte”.
El cuerpo muerto ha perdido la “voluntad que lo opera” para pasar a ser huérfano de una voluntad objetivada al propio cuerpo, es entonces la propiedad terrenal de la propia carne lo que permitirá, muerto el YO, la apropiación por parte de cualquier agente, en este caso el Estado, de lo que queda: conjunto de órganos, tejidos, etc., ya no posibles de ser caracterizados como sacros, sino mundanos; mercancías (múltiples) disponibles para el intercambio.
Tal intervención es leída moralmente como no-violenta. Si lo inerte no puede ser violentado y si la intervención está en relación a “salvar otra vida”, pues la donación de los órganos es un acto “humano”, propio de aquello que somos, bueno, cristiano (cristianismo moderno: sólo por la preeminencia del enunciado “amar al prójimo más que a ti mismo.” Leído en un nuevo contexto.). Se caracteriza este modelo de cuerpo, este modelo de vida, y este modelo de sujeto como aquello que es propio de lo “humano”, esto permite establecer una relación naturalizada, vivida en actos como no violenta por los actores que viven el orden discursivo que venimos analizando. Estos enunciados se inscriben como verdades en tanto pertenecen al orden de lo decible en determinado ámbito discursivo: se establece una esencia humana, que es realizada en el acto de donar y por tanto no puede ser malo.
De este modo, los regimenes que instituyen “la vida misma” se trastocan, lo que es “vivo”, lo que califica como “vivo” es lo que está en pugna a partir de los avances tecnológicos.
El ser humano, ¿cuándo lo es?, ¿qué vidas son plausibles de ser salvadas? Implicando necesariamente el pensar en vidas “salvadas” y vidas “salvadoras”, en pensar en el intercambio ya no sólo de bienes y servicios, ya no solo de individuos, sino de carne, de componentes que conformarán mercancías biológicas.
———————————
Don
Hemos realizado el recorrido por lo instituido dentro del orden Discursivo que delimita un campo de emergencia, una referencialidad donde las enunciaciones en la discusión para la ley, y la ley misma, son posibles, adquieren valor de verdad en función de constituir una creencia que se define por ser la fase material de una fantasía que estructura la realidad social.
Aludíamos en los apartados anteriores sobre qué tipo de sujeto, corporeidad y moralidad se instituye en dicho orden Discursivo. En este punto debemos introducir una serie de reflexiones en torno al significante donar, que aparece, de acuerdo a nuestro análisis, como articulador, junto con la diagonal móvil ya nombrada en la introducción de este trabajo de investigación.
Creemos que el significante donar articula la relación entre la voluntad del yo sobre sí mismo en el periodo de tiempo definido como vida para la formación Discursiva en la que se inscribe la ley, y lo definido como muerte o cadáver dentro de la misma formación. Si el hombre es un ser racional que opera como voluntad sobre sí mismo, pues no puede haber voluntad del hombre que opere cuando ese YO racional ya no existe y lo que queda es el cuerpo. La donación aparece como figura que produce el pasaje de la voluntad posible hacia el cuerpo sin voluntad. Sin embargo, y debemos pensar esto en relación a lo que decimos en torno a la formación discursiva filiaciones familiares, los herederos de dicha voluntad, aquellos que hacen posible saldar la contradicción de un cadáver con voluntad que opera sobre sí, son los familiares.
El término donar condensa una transacción comercial en el mercado del usado biológico que es escamoteada como tal. Este traspaso de dueño de una mercancía biológica es una donación que está íntimamente asociada a un sujeto de la voluntad que opera dicho don, saldado en el caso del cadáver por medio de la voluntad en manos de los familiares.
Este límite que se corre no es ya sobre la decisión de donar o no donar, sino en el desplazamiento del significado mismo de donar, en tanto ya no implicaría una concepción moderna de propiedad sobre la propia carne; en tanto la racionalización como una de las categorías constituyentes del yo, entraría en contradicción con la “decisión” de un individuo concreto, post-mortem.
Lo que hemos pretendido lograr con estos procedimientos de desmonte de los modos de funcionamiento de las formaciones discursivas y de los modos en que dentro de ellas se establece que es un sujeto (“persona”), qué es un muerto, qué acciones son posibles sobre ellos, etc., de negar tal esencia y pensar los dispositivos de poder que la instituyen.
———————————
Formaciones discursivas
En las intervenciones enunciativas de Senadores en la sanción de la ley 26.066, encontramos cuatro formaciones discursivas; las denominaremos “cultura solidaria”, “filiaciones familiares”, “voluntad racional” y “racionalidad técnica”.
Estas diferentes formaciones discursivas articuladas en torno a los núcleos significantes que las designan, a la vez, se articulan entre sí a través de un eje transversal que corta e instaura como tal a las formaciones, que gira en torno a la concepción vida/muerte.
Con respecto a la formación discursiva instaurada en torno a lo que anteriormente desarrollábamos como racionalidad técnica, este modo de sistematización del conocimiento que permite el desarrollo de la tecnología y la intervención sobre el cuerpo y todos sus reductos, destacamos las siguientes intervenciones.
“Es que en realidad estamos abordando una materia en la que los avances científicos y tecnológicos, los nuevos descubrimientos y todo lo que es la cibernética y la robótica hacen que muchas veces las legislaciones vayan atrás de los desarrollos” Sra. Oviedo
“En el campo del derecho la instrumentación positiva corre detrás de la ciencia y de las necesidades que esta genera en el campo social” Sra. Oviedo
Observamos como la tecnología se vuelve condición de posibilidad de la sanción de la ley de donación presunta. El cuerpo, considerado ya no como unidad, será un conjunto de tejidos y órganos extraíbles para un futuro-potencial cuerpo otro.
En relación a la formación discursiva en torno a la “cultura de solidaridad”, pueden seguirse una cadena de significantes establecidos equivalencialmente con “solidaridad”. Entre ellos; “amor”, “caridad”, “don”. Todos ellos deteniendo el desplazamiento de su significado en relación al “cristianismo”.
Vemos entonces, como a partir de esta cadena equivalencial se valoriza positivamente lo que se considera “vida”, en tanto organismo unificado y con voluntad racional. La vida no es considerada desde el “cuerpo que muere” “el cadáver en vida” sino que es el potencial receptor el que encarna la figura de la “vivacidad”. Es en este sentido, que no se establecen conflictos ni pugnas en torno a la significación sobre lo vivo en las intervenciones enunciativas de los senadores, ya que la vida, es la vida futura y como tal, deseable. La muerte, ya no se corresponde con un sujeto, sino que es un cuerpo en su potencial capacidad de “dar” vida.
“Ojalá que se sigan efectuando descubrimientos e innovaciones para prolongar la vida” Sra. Oviedo
“llevar más vida a la vida. Hablamos de cómo apostar a la vida: en ese otro extremo de la vida que es la muerte, cómo ser capaces de permitir que haya órganos que vivan, y a pesar de la muerte, se apueste a la vida” Sra. Oviedo
“es posible salvar vidas cuando hay solidaridad entre aquellos, que, ante la pérdida de un familiar, pueden donar los órganos” Sra. Oviedo
“lo importante a destacar de este proyecto es el aspecto humanitario, el poder disponer de los órganos tan necesarios para seguir dando vida después de la muerte”. Sra. Sánchez
“Nosotros, como personas que somos, tenemos que considerar que así como somos donantes potenciales, también podemos ser receptores potenciales” Sra. Sánchez
“Estamos por dar un paso adelante hacia la cultura de la solidaridad. Este es un proyecto de ley profundamente solidario” Sr. Giustiniani
“Una iniciativa que tiene gran sensibilidad” Sr. Giustiniani
“Debemos avanzar a esta concepción del cadáver (…) como fuente de vida” Sr. Menem
“Cuando hablamos de la donación de órganos, nos ubicamos únicamente como donantes, pero no advertimos que también podemos ser receptores de esa donación. Y cuando digo receptores me refiero no sólo a nuestra persona sino también a nuestros familiares” Sr. Menem
“Mejorar la vida y preservar la salud de quienes necesitan un órgano” Sra. Sapag
Podemos observar también en las citas precedentes la articulación de la cadena discursiva de donar-amar-solidaridad-vida-bondad y en último término “persona” en tanto “buena persona” y “familia”. Las alusiones al porqué de la bondad de donar órganos se estructuran a base de argumentos por los cuáles es una esencia de la “persona como tal” el ser bueno en primer término, y en segundo, “el pensar en su prójimo”, y no solamente en relación a un otro desconocido, sino, en este caso, un familiar. La posibilidad de donar implica argumentar en relación a recibir.
Es en este sentido que se establece la diferenciación entonces con la formación discursiva en torno a las filiaciones familiares. Los familiares ya no son llamados a donar sino que son testigos de la voluntad del “cadáver”.
Con respecto a la última formación discursiva destacada, “voluntad racional”, las intervenciones enunciativas giran en torno a “respetar a rajatabla” la voluntad de la persona; aún muerta.
“El eje central es el respeto a la voluntad de la persona que está en condiciones de donar (…) Esta propuesta legislativa lleva hasta donde es posible la decisión de una persona que no había declarado si era donante o no” Sra. Oviedo
“Este proyecto de ley establece la responsabilidad de la familia en la aceptación de la donación cuando no haya un consentimiento anterior” Sra. Sánchez
“lo que se está proponiendo es ir a buscar la voluntad real del donante. Ante todo- y a diferencia de lo que regía hasta hoy, que era la voluntad en manos de la familia- este proyecto plantea el respeto por la voluntad del donante” Sra. Ibarra
“Se habla de que no puede haber consentimiento presunto porque se viola un derecho personalísimo que es indisponible y que no puede ser sustituido ni aún por los familiares (…) También se dan argumentos a favor en el sentido de que no puede haber derechos personalísimos frente a la vida o que la autonomía de la voluntad no vale ante una persona que ya está muerta” Sr. Menem
“El transplante se realiza con órganos de personas fallecidas, muertas, con certificado de defunción de por medio” Sra. Ibarra
“por ello es importante tratar de definir alguna metodología para determinar qué es lo más justo y razonable en este caso” Sr. Menem
Por último, en la articulación de las diferentes cadenas significantes dentro de las formaciones discursivas señaladas, nombrábamos la articulación vida/muerte. Es a partir de este eje transversal que se constituyen las distintas posiciones de sujeto en torno a los regímenes discursivos. Lo considerado como vida o como muerte depende en todas las intervenciones enunciativas de los senadores, de lo que en el régimen discursivo de la ciencia médica se establece como “vida” o “muerte”. Y es a partir de esta legitimación social del discurso técnico medicinal que se instaurará no sólo la significación en relación a la vivacidad, sino también de la justicia y lo racional como valores a ser rescatados en el orden social instaurado actualmente.
Bibliografía
Bajtin, M., La cultura popular en la edad media, Gédisa, 1998.
Butler, J, Actos preformativos y constitución del género; un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista, Theatre Journal Nº3, 1988.
Foucault, M., (1968)”Las palabras y las cosas”, Siglo XXI editores, Madrid.
————– (1969) La arqueología del saber, Siglo XXI editores, México.
————– (1970) “El orden del Discurso”, Ediciones La Piqueta, España, 1996.
————– (1975) ”Vigilar y Castigar”, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2006.
Laclau, E. y Mouffe, C., (2004) “Prefacio a la segunda edición” en Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, FCE, Buenos Aires.
Zizek, S., (1989) El sublime objeto de la Ideología, SXXI, Buenos Aires, 2003. Ed Or.
————– (2003) “Introducción: el espectro de la ideología”, en Ideología- Un mapa de la cuestión, FCE, Buenos Aires, 2003.
———————————
Autores
♦ Carrasco, Pablo
Ciencias de la Comunicación
Facultad de Ciencias Sociales
Universidad de Buenos Aires
pablo.e.carrasco@gmail.com
♦ Ré, Carolina
Ciencias de la Comunicación
Facultad de Ciencias Sociales e Instituto Gino Germani
Universidad de Buenos Aires
re.carolina@gmail.com
———————————
Baja esta ponencia en pdf.
Download
A quienes les interese el tema, esten investigando algo por el estilo o les interese discutir por favor dejen un mensaje acá o manden mail a los autores.
Archivado bajo:ponencia , arqueología, ciencias sociales, subjetividad
