Parte I
“En cuanto al problema de la ficción, es para mi un problema muy importante; me doy cuenta que no he escrito más que ficciones. No quiero, sin embargo, decir que esté fuera de la verdad. Me parece que existe la posibilidad de hacer funcionar la ficción en la verdad; de inducir efectos de verdad con un discurso de ficción, y hacer de tal suerte que el discurso de verdad suscite, ‘fabrique’ algo que no existe todavía, es decir, ‘ficcione’.”
El problema de la verdad es abordado a lo largo de, sino toda, casi toda la obra de Michel Foucault. En la cita anterior Foucault le contesta a Lúcete Finas su cuestionamiento (poner en cuestión, en discusión y de ninguna manera criticar altaneramente) en relación al modo en que está escrito “Voluntad de saber”. El autor problematiza su propio modo de escribir y las posibilidades de su discurso de inscribirse en la verdad, de construir efectos de verdad y de jamás dejar de ser una ficción. En el comienzo de “El orden del discurso” el camino es similar:
“En el discurso que hoy debo pronunciar, y en todos aquellos que, quizás durante años, habré de pronunciar aquí, hubiera preferido poder deslizarme subrepticiamente. Más que tomar la palabra, hubiera preferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio. Me hubiera gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacia mucho tiempo: me habría bastado entonces con encadenar, proseguir la frase, introducirme sin ser advertido en sus intersticios, como si ella me hubiera hecho señas quedándose, un momento, interrumpida. No habría habido por tanto inicio: y en lugar de ser aquel de quien procede el discurso, yo sería más bien una pequeña laguna en el azar de su desarrollo, el punto de su desaparición posible.
Me habría gustado que hubiese detrás de mí (habiendo tomado desde hace tiempo la palabra, repitiendo de antemano todo cuanto voy a decir) una voz que hablase así: “Hay que continuar, no puedo continuar, hay que decir palabras mientras las haya, hay que decirlas hasta que me encuentren, hasta el momento en que me digan –extraña pena, extraña falta-, hay que continuar, quizás, está ya hecho, quizás ya me han dicho, quizás me han llevado hasta el umbral de mi historia ante la puerta que se abre, ante mi historia: me extrañaría si se abriera así.
Pienso que en mucha gente existe un deseo semejante de no tener que empezar, un deseo semejante de encontrarse, ya desde el comienzo del juego, al otro lado del discurso, sin haber tenido que considerar desde el exterior cuánto podía tener de singular, de temible, incluso quizás de maléfico. A este deseo tan común, la institución responde de una manera irónica, dado que hace los comienzos solemnes, los rodea de un círculo de atención y de silencio y les impone, como queriendo distinguirlos desde lejos, unas formas ritualizadas.”
Empezando por la cita intenté, de alguna forma, que me preceda una voz, esta vez con nombre… traté de introducirme, escabullirme, conteniendo el estómago y la mandíbula, despacito, en el texto que luego debo reconocer como propio (ver ¿qué es un autor?).
El problema del sujeto, en segundo lugar. El sujeto que habla queriendo ser borrado de esa instancia, queriendo estar siendo hablado por una voz que le precede. Tengo la sospecha que, sobre todo en el sentido común, el sujeto de la voluntad está lejos de caer. Y, como sospechar es gratis, que el autor del que habla Foucault en el texto que ya nombre está fuertemente instalado como figura articuladora del funcionamiento del campo académico. Dicho simple y directamente, no hay posibilidad de producción en el campo académico sin la repetición del nombre, sin el juego de lo mismo. Mejor que yo dice Foucault (no voy a usar acá recursos barátos del periodismo como “el autor francés”, es Foucault y al carajo): “El comentario limita el azar del discurso por medio del juego de una identidad que tendría la forma de la repetición y de lo mismo. El principio del autor limita ese mismo azar por el juego de una identidad que tiene la forma de la individualidad y del yo.” Precisamente eso. No puedo decir más claramente. Ese es el modo de funcionamiento en lo que respecta al autor en el orden discursivo académico.
Muy bien. Comencé con la cuestión de la producción de ficciones que se inscriben en la verdad. Y seguí con una serie de comentarios en relación al lugar del autor en la producción del discurso científico. Ambas cosas me permiten, me habilitan, me generar el campo de emergencia dentro del cual puedo hacer algunas de las siguientes afirmaciones.
En primer lugar, el escrito que sigue es tan sistemático y preciso como mi escrito lo requiere. En segundo lugar, mi presencia en el texto como autor no es deseada por mi sino más bien una condición de posibilidad. Es decir, no podría escribir lo que está a continuación desde un no-lugar para agradar a los ortodoxos de la academia. Sabemos que tal no-lugar no existe entonces intentaré el camino contrario, pongo mi nombre, lo que me censura y me habilita, aquí sobre el escrito para, como sujeto sujetado, sostener lo que digo y voy siendo dicho. Porque en el texto se pueden leer cuestiones relativas a la historia (asi, espantosamente en general), pero sobre todo me puede leer a mi. Y no hay recurso lingüístico que lo pueda evitar, abandonemos el simulacro y hagámonos responsables. Porque la falta de potencia del lugar de la voluntad en las acciones individuales no es “existencialismo de autoflagelación: todos somos responsables de todo, no existe una injusticia en el mundo de la que en el fondo seamos cómplices”. Y porque la noción de Poder que supone que como sujetos actuamos posiciones de disciplinamiento, actuamos el poder, significa, sobre todo, que la posibilidad de existencia está en la positividad que supone tal actuación. Más fácil: que no hay sujeto sin contradicción. Y que no hay poder sin repetición, y que no hay repetición sin fallas.
Nací en Bahía Blanca. Es recurrente en mí hacer referencia al tema. Hay algo ahí. Suelo decir que nunca me sentí del todo cómodo en la ciudad. Aunque tal vez sea que nunca me sentí del todo cómodo en ningún lado, o que nunca me sentí cómodo en la edad en la que viví ahí… o simplemente que no tengo idea de lo que digo. Porque de última qué es sentirse cómodo.
La ciudad fue uno de los focos represivos durante la última dictadura militar (odio decirlo así, lo escuche tantas veces ya que me aburre, pero no se me ocurre otra forma en este momento) más terribles del país. El V Cuerpo del Ejército está en la ciudad, el Puerto General Belgrano está a 20kms., y creo que Espora, un centro de aviación, es también del ejército. Durante toda mi infancia escuche de parte de mis padres sendas afirmaciones anti-militares. Mis padres fueron chicos durante la peor parte de la dictadura. Llegaron a La Plata recién para el ’80, cuando lo más denso de la represión había pasado, según cuentan. No sé si leí mucho sobre el tema en mi pre-adolescencia. Pero el tema era algo que me irritaba, me angustiaba. Cuando tenia 14 o 15 años concurrí a los “Juicios por la Verdad”, todos los días durante unas cuantas semanas. Iba con un grabador con el que grababa todas las sesiones, llevaba la cámara de fotos de mi viejo para sacarles fotos a los represores que declararan para luego escarcharlos en una página en internet que nunca hice. Lo que sí hice fue una página sobre Tolkien. Esto fue en el año ’98. Presencié y escuché relatos terribles, no voy a intentar siquiera describirlos acá porque me angustia pensarlo. Relatos de ex-detenidos que frente a sus torturadores contaban las que para mi fueron y son las cosas más terribles escuchadas.
En esos mismos días y por una de las intervenciones del Fiscal Cañon me surgió la idea que comento a continuación. El fiscal señaló que en La Nueva Provincia se publicaban nombres de muertos con historias de enfrentamientos que no habían sido tales, sino que se trataba de personas torturadas y asesinadas en el centro clandestino de detención “La Escuelita” y blanqueados mediante enfrentamientos falsos. Se tiraban un par de tiros al aire y se depositaban los cuerpos para que sean encontrados como bajas de un tiroteo entre fuerzas armadas y ellos, “subversivos”, “elementos sediciosos”. Desde entonces que se me ocurrió la idea de armar un escrito en el que constaran todas estas notas en las que el diario, explícitamente cómplice del régimen dictatorial, publica mentiras sobre el modo en el que fueron asesinadas las personas asesinadas en el centro clandestino de detención. La idea era hacer una especie de contraste básico entre aquello que publicó el diario y aquello que efectivamente pasó, hechos que serían tomados de las conclusiones a las que se llegasen en los juicios por la verdad. Ya que otra fuente de “verdad” no tenia. Entonces el discurso jurídico estaría funcionando como referencia en la verdad de un discurso mentiroso, falaz, respecto del modo en el que esas personas fueron asesinadas. Y después de tantas discusiones sobre el valor de verdad, efectos de verdad, sobre las posibilidades inciertas de producir conocimientos científicos, ciertos, objetivos, verdaderos, después de todo esto me sigue pareciendo algo bastante interesante. Un punto de análisis posible seria como lo publicado en el diario funcionaba en un campo de emergencia dentro del que dichos relatos eran no sólo posibles sino prácticamente indudables, religiosamente indudables. Pero me gustaba y me gusta la idea de molestar de alguna manera al diario, de hacer público utilizando las posibilidades de inserción en la verdad del discurso científico que estuvieron mintiendo. Que dijeron que había personas que murieron disparando cuando muriendo atados, y que dichos sujetos, por estar disparando y ser subversivos merecían morir. Y ahora me resulta interesante como hasta el más terrible de los regimenes dictatoriales debe esconder la atrocidad, precisamente porque hay una estructura moral que está funcionando y que impide que a una persona se la mate de la manera que los mataron. Hay una serie de prácticas bélicas habilitadas y otras no. Sin embargo, permítaseme la hipótesis siguiente: los lectores, los compradores de diarios, la opinión pública, los sectores medios de la población bahiense, no necesitaban tal ficción sino como juego lingüístico/ficcional. Es decir, no les interesaba, a muchos de estos sujetos que constituyeron el colectivo “bahienses” de qué modo tales sujetos asesinados fueran asesinados. Es más bien un gesto de mayor ficción la idea de que la pulcritud que el simulacro editorial presenta es necesario. El modo de funcionamiento de la moral cristiana tiene mucho que ver con esto. La confesión es articulatoria de ese modo de funcionamiento. Debería revisar esto pero quisiera arriesgar acá que el modo de ser cristiano en el siglo XX supone una serie de prácticas moralmente condenadas por la letra eclesiástica que ni siquiera la jerarquía sacerdotal se molesta en respetar. Una especie de manifiesto, de reglas de conducta jamás cumplido y sin embargo efectivamente actuado. Y es esa actuación la que los constituye como sujetos y no la correspondencia con una esencialización doctrinal previa a toda conducta y basada en una declaración de pertenencia. Otro nivel de abordar la cuestión es el papel de la iglesia y su activa y sistemática participación en el gobierno militar.
¿Es indicio de que el asesinato abierto de personas es inaceptable para la población el hecho de que se publicasen estas notas? ¿De ser así: por que? ¿Por qué no es de tal modo hegemónica la idea de poder eliminar al enemigo como sea? ¿Imposible con la mínima existencia de la filtración de la información a nivel internacional?
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Las citas completas de Foucault vienen en breve.