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Los invisibles – Nanni Balestrini

Los invisibles es una novela que se situa sobre los movimientos squatters en europa. Mas o menos sobre lo mismo escribe Martín Caparros en ”Amor y Anarquía”, aunque en ese caso particular la historia se centra en Soledad Rosa (“La sole”).

No quiero hacer crítica acá, simplemente nombrar que son dos novelas interesantes para entrar en el tema de los movimientos autónomos en europa. Para una introducción al tema el prólogo de este libro puede ayudar. Una de las cosas más interesantes de la novela es que no sólo se dedica a un movimiento político sobre el que no se conoce mucho a nivel masivo sino que, a diferencia de Caparros (que por supuesto es incomparable, está inscripto en otro tipo de prácticas editoriales), supone una propuesta estética, una modificación del modo en que se utiliza el lenguaje en una novela clásica moderna. Se trata de otro tipo de discurso, propone otros esquemas, es otra la estructura lógica de la narración, que tal vez no deba ser llamada así. Leanló y verán a qué me refiero.

El libro es publicado por un colectivo llamado Traficantes de Sueños (http://www.traficantes.net/).

Les dejo el link al sitio donde está el pdf del libro para bajar:
http://www.traficantes.net/index.php/trafis/editorial/catalogo/historia/los_invisibles

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Donna Haraway – Ciencia, cyborgs y mujeres

Lectura de un capítulo del libro de Donna Haraway

Haraway, Donna, “Conocimientos situados: la cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial” en Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Madrid, Cátedra, 1995.

 

Fragmento de Li II by Giger 

 

Para escuchar mienstras se lee:
Tom Waits- All The World Is green

 

A lo largo del texto se establecen dos identidades definidas por un “Nosotras” – mujeres a quienes se les prohíbe no tener un cuerpo o poseer un punto de vista o un prejuicio en cualquier discusión. Y un “Ellos” – científicos y filósofos masculinistas, aquellos que se posicionan en la “objetividad”.

 

La autora pone en cuestión la relación naturalizada entre las prácticas de conocimiento que se denominan así mismas como objetivas, y la masculinidad. En ellas lo femenino tomaría el lugar de lo subjetivo, lo interesado, aquello que no puede borrar su subjetividad en el proceso de conocimiento. En este planteo sostiene “se nos prohíbe no tener un cuerpo o poseer un punto de vista o un prejuicio en cualquier discusión”. No tener un cuerpo aquí es estar en un no-cuerpo habilitante de juicios objetivos. La lectura de la autora sobre el campo académico describe ese no-cuerpo objetivo, lugar de partida del conocimiento objetivo, como el cuerpo masculino. La subjetividad masculinista, occidental, en el centro de la escena, se dice así misma como fuente de objetividad y borra las huellas de su particularidad. A esto Haraway opone el “nosotras”, mujeres portadoras como lugar, cuerpo, que se reconoce como tal, que no niega su posición para afirmar algo sobre el mundo, para realizar prácticas de conocimiento, sino que reivindica tal posición a partir de la cual se funda un “objetivismo feminista”.

La disputa por la objetividad es la disputa por el lugar en el que se producen verdades. El poder de poner los limites, establecer cuales son las pautas y bajo que modalidades se producen enunciados verdaderos en determinado campo académico. Haraway produce un quiebre con esa disputa y de tal quiebre se desliga su particularidad teórico-política. Haciendo genealogía de la verdad –porque llamarlo “genealogía de la ciencia” sería estar parado en el siglo XIX– podríamos afirmar que los procesos de modificación de los modos en los que los enunciados se inscribían en determinados ordenes discursivos y circulaban “en la verdad”, es la historia de los modos en los que se ha disputado ese topos de verdad. Haraway produce un quiebre, decíamos, al describir los modos en los que tal lugar es disputado y al introducir el “objetivismo feminista” como disruptivo respecto de tal disputa. Su posicionamiento teórico no viene a plantear un nuevo objetivismo que modifique el orden de fuerzas respecto del objetivismo masculinista, sino que viene a trastocar los modos en los que aquello que se dice como verdad u objetivo es constituido.

 

El diagnóstico del cual parte Haraway lo podemos leer a partir de conceptos foucualtianos como “valor de verdad” en la siguiente cita: “lo que tiene la etiqueta de conocimiento es controlado por los filósofos que codifican la ley del canon cognitivo”. Sin embargo aquello a lo que Haraway otorga voluntad –“los filósofos”, “los científicos masculinistas”, etc.- no puede ser considerado en esos términos bajo la noción de discurso de Michel Foucault. No hay en sus conceptualizaciones sujetos que actúen bajo voluntad de sí mismos sino sujetos en el discurso. Tal caracterización de un nosotros y un otros parecería estar cayendo en nociones de sujeto que mantienen la idea de un sujeto de la voluntad y deja por momentos afuera la idea de un sujeto atravesado por regimenes de disciplinamiento. Sin embargo, esto que resalta en este punto del texto se  modifica hacia el segundo apartado del capitulo: el lugar desde el que se realizan las prácticas es siempre un lugar particular, y la ilusión objetivista del no-lugar (utilizamos aquí no-lugar no como concepto sino como negación de lugar, simplemente) es denunciada para pasar a pensar la objetividad como el reconocimiento del lugar propio a partir del cual se configura un conocimiento situado.

Y es que este movimiento de definición sobre qué tipo de subjetividad está trabajando Haraway es lo central del texto. Su búsqueda de un objetivismo feminista es claramente una apuesta política que supone la negación que ella misma explicita: negación de un objetivismo que llama de la masculinidad, asociado a la idea de ciencia como instrumento neutral de conocimiento del mundo; y por otro lado, negación del relativismo como otro modo de totalización. Esto implica la necesariedad de trascender el “mostrar la contingencia histórica radical y los modos de construcción para todo.” Frente a lo cual su proyecto epistemológico (es decir teórico, es decir político) radica en “lograr simultáneamente una versión de la contingencia histórica radical para todas las afirmaciones del conocimiento y los sujetos conocedores, una práctica crítica capaz de reconocer nuestras propias ‘tecnologías semióticas’ para lograr significados y un compromiso con sentido que consiga versiones fidedignas de un mundo ‘real’, que pueda ser parcialmente compartido y que sea favorable a los proyectos globales de libertad finita, de abundancia material adecuada, de modesto significado en el sufrimiento y de la felicidad limitada”. La preocupación de Haraway es claramente por un modo de conocimiento que logre al mismo tiempo constituirse en proyecto político, crítico incluso de si mismo, produzca conocimientos situados y niegue la posibilidad de conocimientos objetivos universales y eternos. No es menor la tarea.

 

¿De qué manera pretende la autora lograr semejante empresa?

Partir de una posición reconocida como tal resulta fundamental en la construcción de un conocimiento situado. Tal conocimiento debe reconocer sus “posiciones de sujeto”, debe poder dar cuenta de ellas, reconocerse en ellas, asumirlas como propias o no y a partir de ese lugar particular generar conocimiento.

Los sujetos productores de conocimiento tienen en su posición no un punto neutral del cual partir sino ya una prótesis. El lenguaje y el cuerpo son las dos matrices posibles de reflexionar sobre la cuestión, ambas prótesis, ambas construidas semióticamente.

De esta forma, sostiene Haraway, “la objetividad dejará de referirse a la falsa visión que promete trascendencia de todos los límites y responsabilidades, para dedicarse a una encarnación particular y especifica. (…) solamente la perspectiva parcial promete una visión objetiva.”

 

Se le puede plantear a la autora un cuestionamiento en torno al uso del concepto de “objetividad” y al de “racionalidad”, al que niega como algo posible en algunos pasajes y luego utiliza como concepto, como si no lograra despegarse de la “racionalidad” como un modo de conocimiento del mundo. Su modo de salvar esto se centra principalmente en la idea de conocimiento situado, es decir que el objetivismo feminista o la racionalidad feminista se diferencian de la que se postula como verdad al no pretender conocimientos trascendentales sino conocimientos parciales. De todas formas mantiene el apego con los términos, seria interesante que hubiera trabajado nuevas conceptualizaciones en torno a estos dos grandes significantes. Es llamativo como la búsqueda de otro modo de conocimiento que reconozca las posiciones de sujeto desde las que se enuncia siga manteniendo el uso de esos significantes. ¿Por qué el feminismo modifica de tal modo el objetivismo que lo torna un nuevo concepto, que escaparía a la idea de verdad eterna? ¿Por qué no inventar un nuevo concepto?

Otra de las cuestiones que parecen no terminar de cerrar en el texto son las relativas al lugar desde el que hay que posicionarse para producir conocimiento. Es importante su aporte en el sentido de sostener la necesidad de reconocerse en un lugar desde el que se mira, sin embargo, al privilegiar el punto de vista de los subyugados parece estar suponiendo, por un lado: una concepción de poder que puede situarse en un lugar y ejercerse sobre otros que serian en este caso los subyugados; y por otro: que de acuerdo con esa concepción del poder existen sujetos que son subyugantes, es decir, que realizan efectivamente el poder, como voluntades operadoras de este.

Haraway produce la aclaración sobre los puntos de vistas de los “subyugados” para salvar el romantisimo de la frase: no son ni inocentes –los puntos de vista- ni son producto directo de su condición de “subyugados”. Pero sigue suponiendo que hay algo que se puede asir como “subyugado”, con lo que la idea de microfísica del poder de Foucault no puede estar de acuerdo. En este sentido, a pesar de la aclaración y el pedido de cuidado en torno a esta idea para no caer en romanticismos, sostiene que tales posiciones “prometen versiones transformadoras más adecuadas, sustentadas y objetivas del mundo.” Lo que supondría una especie de esencia derivada de la condición de subyugación que determina visiones más “objetivas del mundo”.

Es evidente que el no abandono del concepto “objetividad” no es casual. Su preocupación epistemológica está puesta en todo momento sobre la producción de conocimiento objetivo, aunque sea un objetivo otro. Lo que parece ver como riesgo la autora es el “relativismo”: “manera de no estar en ningún sitio mientras se pretende igualmente estar en todas partes”. Lo que se podría plantear aquí es si la crítica al objetivismo masculino y al relativismo debe suponer una salida hacia otro tipo de objetivismo, y si aquello que se denomina objetivismo feminista es efectivamente un modo de saliste del objetivismo y salvaguardarse del relativismo.

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Barthes y Foucault, sujetos y enunciados.

Lectura de “Las modalidades enunciativas” de Michel Foucault y “Critica y verdad” de Barthes, Roland, medios cruzados.

“El lenguaje no es el predicado de un sujeto, inexpresable, o que aquel serviría para expresar: es el sujeto” Roland Barthes, Crítica y Verdad.

La concepción de sujeto en Barthes niega el sujeto dueño de si mismo, autoconciente, y como conciencia productora. En la línea de Nietzsche, el hombre, los sujetos, no pueden ser productores de si mismos, voluntades en las que reside el poder de definición de si mismos y de las cosas. La perspectiva foucaultiana lo que nos permite pensar es los modos en los que dichos sujetos son dichos, no por si mismos, sino en y por el Discurso.
Este desplazamiento es el que habilita las preguntas de M. Foucault en Las modalidades enunciativas: siguiéndolo, no nos preguntamos por el sujeto que habla sino por su lugar en las relaciones establecidas mediante la enunciación en determinada situación enunciativa y dicho proceso producido en determinado régimen discursivo que supone reglas de funcionamiento, de relaciones y señala lógicas productivas. En este marco: “¿Cuál es el estatuto de los individuos que tienen – y sólo ellos – el derecho reglamentario o tradicional, jurídicamente definido o espontáneamente aceptado de pronunciar semejante discurso?”
El sujeto no es causa y origen del enunciado, mucho menos del discurso, sino que está inscripto en un sistema de reglas, de relaciones y diferenciaciones donde determinados enunciados son posibles de ser dichos, bajo determinados modos, y otros no. En El orden del Discurso, Foucault señala estos enunciados que son leídos como verdaderos en determinado orden o formación discursiva como estando “en la verdad”.
La formación discursiva define un estatuto dentro del cual un sujeto (en el caso del texto de Foucault, el médico) tiene una articulación con otros enunciados y sus modos de relación con el otro: “La palabra médica no puede proceder de cualquiera; su valor, su eficacia, sus mismos poderes terapéuticos, y de una manera general su existencia como palabra médica, no son disociables del personaje estatutariamente definido que tiene el derecho de articularla, reivindicando para ella el poder de conjurar el dolor y la muerte.” Pero tal posición del sujeto no está en relación a su voluntad, ni a un referente previo de carácter sustantivo, sino en relación a determinado régimen que instituye esa posición, su estatuto, y los ámbitos institucionales en los que se desarrolla.

Los sujetos, entonces, se relacionan con estas tres matrices. Por un lado, el Estatuto: el sujeto está en determinado orden discursivo, y tiene un lugar en ese orden que define su estatuto, su lugar en la clasificación -que no es más que una “violencia sobre las cosas” – la puesta en espacio del sujeto, la designación de su lugar a ocupar. En ese movimiento se define un dispositivo de poder, no como pura negatividad que reprime sino que en esa clasificación se produce el sujeto como tal, se define su identidad y por tanto su posibilidad de ser. La clasificación debe ser considerada como dispositivo de poder y como posicionamiento positivo del sujeto en el mundo. En segundo lugar los Ámbitos institucionales: de donde el sujeto saca su discurso, y donde éste encuentra su origen legítimo y su punto de aplicación, ámbito en el que determinadas enunciaciones son posibles de ser afirmadas como verdades. Finalmente, Posiciones del sujeto: los sujetos se definen igualmente por la situación que le es posible ocupar en cuanto a los diversos dominios o grupos de objetos: es sujeto interrogante de acuerdo con cierto patrón de interrogaciones explícitas o no, y oyente según cierto programa de información.

Para que el sujeto sea él en determinado discurso: “el médico es interrogador soberano y directo, ojo que mira, dedo que toca, órgano de desciframiento de los signos (…) es porque todo un haz de relaciones se encuentran en juego.” (negrita nuestra).

El lugar del sujeto en el discurso en el que es realizado está dado por un haz de relaciones puestas en juego en tal formación discursiva. Las modalidades de enunciación se renuevan en ese juego de relaciones. Este hacer actuar de manera constante ese haz de relaciones supone la repetición, los modos en que los elementos se relacionan unos con otros y las posiciones de sujeto supuestas en tales relaciones deben ser constantemente repetidas, constantemente revisadas y re-hechas, tal repetición es lo que en Butler inaugura la posibilidad de modificación de los regimenes implementados en determinada formación discursiva. Es porque el orden no se produce de una vez y para siempre, sino que se produce en actos, prácticas enunciativas en las que se hace actuar las posiciones de sujeto y sus relaciones entre si y con los objetos, que se corre el riesgo de que tales posiciones y modos de relación sean modificadas. El orden discursivo no sólo delimita las relaciones posibles sino que las sostiene en la repetición: “yo”, “yo”, “yo”, “yo soy hombre”, “yo soy mujer”, pero no sólo de modo individual, sino como proceso social, donde la presencia del otro es necesaria para la realización del orden del Otro: “Hola Roberto”, “que lindo el nene”. Instauran un sujeto posible, afirman mi identidad, me sujetan y me posibilitan tener una identidad y la constancia de ese haz de relaciones que se supone en el enunciado es condición fundamental de la unidad del yo, de una identidad.
De esta manera podemos pensar la materialidad del discurso, o el discurso como práctica. Es práctica en tanto “hace actuar” un haz de relaciones que bajo determinado orden discursivo son posibles y no bajo otro, son habilitadas, tienen “valor de verdad” en esa trama compleja de relaciones enunciativas.

Una cita larga para esclarecedora sobre qué entiende por sujeto Foucault nos puede ayudar a pensar las relaciones con la cita de Barthes:
“En el análisis propuesto, las diversas modalidades de enunciación, en lugar de remitir a la síntesis o a la función unificadora de un sujeto, manifiestan su dispersión. A los diversos estatutos, a los diversos ámbitos, a las diversas posiciones que puede ocupar o recibir cuando pronuncia un discurso. A la discontinuidad de los planos desde los que habla. Y si esos planos están unidos por un sistema de relaciones, éste no se halla establecido por la actividad sintética de una conciencia idéntica a sí misma, muda y previa a toda palabra, sino por la especificidad de una práctica discursiva. Se renunciara, pues, a ver en el discurso un fenómeno de expresión, la traducción verbal de una síntesis efectuada por otra parte; se buscará en él más bien un campo de regularidades para diversas posiciones de subjetividad. El discurso, concebido así, no es la manifestación, majestuosamente desarrollada, de un sujeto que piensa, que conoce y que lo dice: es, por el contrario, un conjunto donde pueden determinarse la dispersión del sujeto y su discontinuidad consigo mismo.” (negrita nuestra) Y más adelante: “No es ni por el recurso a un sujeto trascendental, ni por el recurso a una subjetividad psicológica como hay que definir el régimen de sus enunciaciones.”
Es precisamente esto lo que venimos tratando de destacar. El sujeto es en dispersión y por eso mismo debe ser sujetado, existe sobre él un constante intento de sutura. A partir de estas consideraciones volvamos a Barthes. El autor se pregunta por la definición de la “subjetividad del crítico”, en términos de Foucault tal pregunta sería la búsqueda por las posiciones de sujeto que tal actor tiene en el discurso crítico, por el estatuto ocupa en él, sobre aquello que implica dicho estatuto, en qué ámbitos institucionales despliega tal subjetividad y qué relaciones existen entre todos estos elementos. Como Foucault, Barthes niega que la relación del sujeto con el lenguaje sea la de un plano del contenido con un plano de la expresión. De allí “que toda escritura que no miente designa, no los atributos interiores del sujeto, sino su ausencia.” Este vacío, esta falta (con Lacan) es una falta estructurante. Del orden de lo Real, la falta insimbolizable, violenta, produce el intento de simbolización del cual se deriva aquello que el sujeto es para él, en determinado ámbito discursivo en el que se inscribe. Con Lacan como eje a partir del cual articular las conceptualizaciones (Foucault y Barthes) sobre el sujeto podemos afirmar que aquello a lo que Barthes se refiere como inexpresable es del orden de lo Real, insimbolizable, y es por tanto en el intento de llenar esa falta que el lenguaje aparece como lugar de constitución del sujeto. En el lenguaje el sujeto no será entonces un objeto exterior expresado sino parte constituida en y por el lenguaje. En este punto Foucault puede ser introducido, tales conformaciones de subjetividades están dadas por el Discurso como instancia en la que se articulan relaciones enunciativas que definen un estatus, un ámbito institucional y unas posiciones de sujeto.

Es aquello que intenta sanear tal falta lo que efectivamente produce la subjetividad. “Lo que arrastra consigo el símbolo es la necesidad de designar incansablemente la nada del yo que soy.” El sujeto cartesiano, el sujeto como origen, como voluntad y causa eficiente del sentido es reemplazado por el vacío, la falta. O mejor, es reemplazado por el intento de llenar esa falta.

En esta trama de los enunciados es donde los procedimientos de control y delimitación del discurso operan en juego con la multiplicidad del enunciado, su constante movimiento, su diversidad es puesta en orden, clasificada, en un intento de cierre jamás logrado totalmente. El sujeto, la subjetividad – mejor –, es efecto de sentido de este proceso. En tal proceso, el sujeto no puede ser sino predicado y nunca productor de predicado. Su identidad es producida en el lenguaje, la unidad del yo es producida y sometida a un régimen que lo atraviesa, lo sujeta, y el mismo tiempo le permite ser bajo esa sujeción – identidad.

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mai 68

Acá van una serie de textos, artículos, reseñas de libros, imágenes, audios y videos sobre el Mayo Francés.

1. En lemonde.fr una crónica día por día de lo que pasó en Mayo del ‘68. Está muy bueno, si tienen mínima idea de francés peguenlé una mirada, sino traducción online. También hay unos videos de Henri Weber hablando del tema, dirigente de la Juventud Comunista Revolucionaria.

2. Les dejo este link para ver posters del mayo frances:  http://expositions.bnf.fr/utopie/feuill/feuille5/findex1.htm

3. En el Radar de Página/12 salió una nota interesante. Read the rest of this entry »

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Secuencia

Hoy empiezo aqui un ejercicio. Se trata de sentarme a leer lo que estoy leyendo frente a la pc e ir tomando notas, impresiones, pensamientos, relaciones posibles, etc. La diferencia es que todo eso será publicado acá. Asi que esto pasa a ser un cuaderno de notas online.

Hoy estoy con ”El trabajo del sueño”, en ”La interpretacion de los sueños”, Sigmund Freud, Obras completas, volumen 4, Amorrurtu editores. En fotocopia… posiblemente no tenga nada que decir sobre este texto, pero bueno… toco empezar por acá.

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